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La primera cena

Tenía pensado escribir un poco sobre lo que ocurrió en Ecuador, o tratar con seriedad el último adiós a Romina Yan, pero mi vieja misteriosamente no soportó la perdida de protagonismo e invitó a Juan -mañana sábado- a casa a comer. Si no se hace una leve aclaración, puede parecer una huevada, pero la realidad es que en esta casa mi sexualidad siempre fue vista como algo unilateral que no interactuaba con la familia.
Seguramente será un encuentro divino, no lo dudo, y eso tiene una terrible importancia: mi madre me está dando un lugar distinto en sus sentimientos que nunca imaginó que haría.

Conversaciones con mamá II

Madre:
- ¿Y cómo vas a hacer con el camión de perro que tenés?- Sentenció con simpatía en forma de pregunta.
Yo:
- Es lo de menos; nos arreglaremos de tal manera que Ulises esté bien y no le falte nada- Concluí queriendo darle tranquilidad.

Cuando volvíamos en auto seguí hablando de mi partida con algo de naturalidad y timidez. En un momento le pregunté qué le parecía, qué pensaba.
Madre:
- No lo puedo creer, me dejaste helada - y de esa manera, había dicho las palabras que voy a recordar toda la vida.

Irse de la casa de los padres es cortar con la adolescencia. Es animarse a la vida solitaria en algunos casos o a la vida con alguien más. Este último es mi caso.
Pienso en las cosas que me voy a llevar; cómo voy a dividir el tema "auto" con mi hermano, cuál será mi barrio nuevo. Pienso qué sensaciones tendré al volver a casa de visita, cómo será la relación con mi familia porque, claramente, va a cambiar. Pienso también cuál será la reacción de mi madre cuando realmente comience a caer en la idea; y alguna intuición ya tengo porque días después de la noticia, arrojó:

Madre:
- Vos justo te vas cuando no hace ni un año que murió tu padre -

Conversaciones con mamá

Durante algunos días estuve dando vueltas por la casa generando conversación por cualquier cosa y esperando el momento oportuno para decirle a mi madre que en diciembre me iba a vivir con quien es mi pareja. Naturalmente no pude plantearlo de una y esa espontaneidad que me caracteriza pasó a ser un discurso un tanto más pensado, en cada palabra y en cada tono.

Una tarde soleada, luego de recorrer Carrefour, nos sentamos a esperar que la gente del lavadero de autos hiciera lo suyo con mi coche, que ya juntaba centímetros de mugre sobre el azul de sus chapones. Me pareció un momento ideal para lanzar la noticia mientras devorábamos bizcochos de grasa. El frío no se sentía y los anteojos de sol me ayudaban a esconder la mirada, sólo necesitaba pensar en las palabras adecuadas y largarme.

Tras cinco intentos fallidos y ya con los labios morados de tanto morderlos, toqué el tema "diciembre". Encaré con lo básico: se nos terminaba el contrato de alquiler donde vivimos ahora y que me parecía que si nos íbamos a ir de casa, ella debía saber que mi idea era irme, intentar la vida de a dos y que todo eso me hacía inmensamente feliz.

Le pareció muy bien.

Yo:
- Y desde ya, me llevó el perro - continué diciendo.
Madre:
- Voy a buscar una Coca Cola - y se metió nuevamente en el mercado.

Mi vieja

Mi vieja cuando intuye en el piso la mínima pelusa o una cantidad mayor que la permitida de pelos de perro, barre y arrasa con miguerío, pelos, uñas y quién sabe qué más. Toma el escobillón con delicadeza y mientras danza aferrada del estaño esmaltado de verde, va cepillando suavemente el suelo mientras acompaña la llegada a cada baldosa con la mirada tan perdida como fija. Su lugar predilecto a la hora de barrer es la cocina.

Cuando elabora alimentos, mi vieja siempre tiene encendida su radio de mano, la misma que le compré hace más de cinco años y ya casi no funciona. No sé muy bien qué escucha pero sé que a ella le gusta. Cuando va llegando el momento de servir la comida, ella hace caer el sonido de la radio sin apagarla, como hacemos algunos conductores al momento de estacionar el auto y decidimos bajar lo que el estéreo reproduce casi sin darnos cuenta de esta actitud.

Ni terminamos de ingerir el concluyente bocado de la cena y ella me apura a los gritos porque siempre soy el último en llevar el plato a la pileta para que lo lave. No entiende que me lo puedo lavar yo, que encima como despacio. Sin embargo es la historia de todos los días, me pide el plato dando violentos alaridos mientras yo llego arrastrando las patas con la jeta por el piso.

Esta noche cuando llevé el plato, quise decirle que en diciembre no estaríamos más viviendo juntos, que me había llegado el momento. Sin embargo, una milésima antes que yo abriera mi boca, ella, mientras tomaba el plato con las manos llenas de espuma de detergente, enunció: -Yo no sé qué vas a hacer el día que te falte- y al instante fregó con fuerza mientras se quejaba porque le había dejado restos de arroz.